EDITORIAL DE JULIO DEL 2001
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Empezó el verano en Ficticia. Y como en todas las grandes ciudades, aquí también la comunidad se puso a trabajar para recibir a los visitantes. Por ese motivo, a solicitud de varios interesados en la creación y el estudio del cuento breve, más aún, de la minificción, se ha construido para esta época y para todo el porvenir una Marina que da acogida a un taller permanente de este género literario.
Los viajeros, de esta manera, que arriben a nuestras costas con fines de intercambio de conocimientos, palabra por palabra, cuento por cuento, cuento por crítica y/o comentario, discusión enriquecedora de cualquier índole dentro del universo de la letra, lo podran seguir haciendo en sus barcos de grandes vergas y largos vientos en el Puerto Libre, mientras que, para los gustadores del velero, de la moto de mar o de la lancha de carreras, se creó la nueva Marina.
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Se pensó asimismo que, dados los recientes acontecimientos vividos tanto en el Puerto Libre como en el Café Literario, el sitio recién creado fuera exclusivo, al que sólo se pudiera accesar mediante claves personales de cada socio y evitar de este modo el improperio de algunos turistas en nuestra urbe.
Tras mucho discutir el asunto, sin embargo, se llegó a la decisión que Ficticia siguiera tal como ahora: un lugar que apostara por la inteligencia que emana de la literatura, y que todos los bárbaros venidos de cualquier confin del mundo no se toparan con murallas chinas, sino con una comunidad educada capaz de transformar su estupidez.
Tal posición, soberbia ciertamente, parece la más adecuada.
¿Por qué?
Si bien la belleza puede curar algunas enfermedades, también la palabra, que a fin de cuentas sustenta con la magia del concepto y del intelecto cualquier percepción del mundo y, por lo tanto, es uno de los pilares de lo que es bello o no, es la única pócima capaz de disolver las pestes de mares extraños.
Ya lo decía J.L. Borges: "No hay placer más profundo que el del pensamiento". Y como el ideal de los ficticianos tiene que ver con este tipo de normas, no sólo no cerramos puertos, sino que abrimos nuevos para que todo el mundo nos conozca, para que los marineros afines se queden a vivir en Ficticia y la hagan suya, y para que los piratas que sólo vienen a robar el oro de nuestras historias, apenas al salir de las costas ficticianas se les convierta en cenizas.
Nuestra población, por último, sigue creciendo no sólo en cantidad, sino en las cualidades de los nuevos ficticianos. Este mes le damos la bienvenida a tres nuevos miembros del concilio de la ciudad: al escritor Noé Cárdenas, director del suplemento literario con más tradición en México, Sábado, del periódico unomásuno, al jurista español Luis Torregrosa, y al ingeniero mexicano Rodolfo Jiménez Morales, que tan importante labor ha llevado a cabo en el Puerto Libre.
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