LOS OBJETOS DE LA GEOGRAFÍA HISTÓRICA URBANA
Los objetos de la geografía son, tradicionalmente, objetos gigantes: montañas, paisajes, viajes intercontinentales, redes carreteras, toneladas de minerales, mares, cielos, planetas. En consecuencia, el tiempo en geografía no es siempre un tiempo de escala humana, sino de escala telúrica, geológica, astronómica. Si la primera reflexión de la geografía fue dedicada a la Tierra en el Cosmos, no extrañe que sus fechas significativas sean las eras geológicas.
En la Antigüedad, cuando la Geografía empezó a describir en los confines del ecumene comarcas, aldeas, pueblos y ciudades (pensemos en Herodoto), se ocupó tanto de las sociedades que las poblaban como de sus construcciones materiales en términos de su existencia histórica. Esto es, intentó determinar sus orígenes. La Geografía se ha interesado, desde siempre, en el devenir histórico del espacio habitado en períodos superiores a la temporalidad humana.
Sin embargo, a los ojos de un historiador, la Geografía se toma demasiadas licencias cuando intenta reducir a unas cuantas páginas una historia de varios siglos o bien, cuando intenta abarcar los vastos temas de toda una ciudad en esas mismas páginas.
Para el historiador actual, los temas situados en temporalidades tan amplias como las que acostumbra tratar la Geografía Urbana, no son comunes. Para el geógrafo en cambio, el estudio de, por ejemplo, la ciudad de México en un lapso de cinco siglos es, no sólo permisible sino deseable. Los procesos espaciales que analiza la Geografía sólo pueden ser vistos en lo que Fernand Braudel (un historiador que hizo mucha geografía) ha llamado la "larga duración". En periodos más cortos, los cambios estructurales no son visibles, no son evidentes las mutaciones espaciales ni la transformación morfológica y funcional de la urbe.
La aparición de las nuevas colonias de la ciudad de México en el siglo XIX, siguiendo con nuestro ejemplo, toma décadas en ser representada en los mapas. Lo mismo pasa con la urbanización de los barrios periféricos para los que no existen testigos presenciales que den cuenta puntual de ese profundo cambio estructural. Las ciudades viven más que sus habitantes. Las ciudades son entidades longevas y para estudiarlas hay que observarlas por siglos a través de las representaciones cartográficas, de las excavaciones arqueológicas y de los documentos que nos hablan de sus modificaciones.
Si de lo que se trata es de dar cuenta de las continuidades y rupturas en el orden espacial, entonces es posible hablar en pocas páginas de la ciudad de México durante cinco siglos y poner en evidencia los cambios que ha sufrido desde un enfoque geográfico, esto es, espacial.
Este enfoque espacial tiene varias virtudes. Veamos dos de ellas: la primera es que nos permite romper la periodización clásica de la historiografía oficial. Cuando hablamos de nuestra ciudad, solemos homologar sus etapas a las etapas de la historia política de México: así tenemos una ciudad colonial y una ciudad independiente que se subdivide en ciudad de la Reforma, ciudad del Porfiriato, ciudad de la Revolución, etc. Cuando mejor nos va, la periodización no es política sino arquitectónica y entonces tenemos a la ciudad Barroca, la ciudad Neoclásica, la ciudad Ecléctica, etc. Pero al analizar el objeto urbano de acuerdo a su estructura, su forma y su función, descubrimos que las categorías política o arquitectónica pierden su sentido absoluto y pasan a convertirse en simples datos, en variables del análisis urbano.
Nos percatamos entonces, por ejemplo, que tras la Independencia, la ciudad no cambia: es la misma ciudad colonial. Tras la Revolución Mexicana, la ciudad sigue siendo concebida y construida con los valores del Porfiriato. Por el contrario, sus cambios estructurales aparecen en periódos de poca explosión política como el de Sebastián Lerdo de Tejada, en que la ciudad asume una estructura bipolar, o a mediados del Porfiriato cuando la ciudad rompe, para siempre, su dependencia del zócalo.
La segunda virtud que queremos resaltar del enfoque espacial, es la de permitirnos volver a pensar el papel que los "héroes" y los "villanos" han jugado en la historia patria. Si ordenar los espacios urbanos y planificar el funcionamiento de la ciudad es algo deseable, entonces los peores dictadores y autócratas de la historia de México han sido los mejores urbanistas. La estructura urbana parece dar cuenta del genio creativo de los "sangrientos" conquistadores y de los virreyes de la "leyenda negra". Asimismo nos permite apreciar las ideas de algunos funcionarios del vilipendiado Iturbide. También nos habla de la generosidad y celo con que el "siniestro" General Santa Anna impulsó la Academia de Bellas Artes; de los proyectos del "invasor" Maximiliano para embellecer la capital del Imperio y de la urbe sin par que creó el "dictador" Porfirio Díaz.
En esta relectura de los personajes "buenos" y "malos", aparece más su lado humano, su ambigüedad y sus contradicciones, pero también aparecen, desde luego, las contradicciones de la historiografía. De paso, esta conclusión nos lleva a pensar si efectivamente la planeación urbana es algo deseable o si es puro desplante de poder de quienes se sienten Dios en las páginas del Génesis, el Dios creador, el Dios arquitecto.
Para la Geografía, la ciudad es uno de esos objetos gigantes que le atraen como tema de estudio, es una entidad que vive muchos años, siglos e incluso milenios. Como las gigantescas montañas, los extensos mares y los cuerpos celestes, las ciudades despiertan en el geógrafo reflexiones de orden profundamente humano que se expresan en términos de movimiento. ¿Cuál es nuestro origen? ¿Cuál es nuestro destino?
En la tradición occidental, desde la Antigüedad hasta el Renacimiento, la Tierra es un espejo del Cielo. Las coordenadas astronómicas nos permiten ubicar a los astros en el firmamento y las coordenadas geográficas a las ciudades sobre la superficie terrestre. El geógrafo navega por ese cosmos dual sin poder saciarse. En su tránsito se limita a hacer triangulaciones geodésicas, es decir formas geométricas... y mapas. La forma y dimensiones de los objetos le obsesionan. Cuando fue requerido para estudiar esas estrellas terrestres, esas ciudades, el geógrafo siguió obsesionado en las triangulaciones y formas que condicionan las funciones urbanas y siguió, y sigue, buscando respuesta a esas mismas preguntas.
Federico Fernández Christlieb
Enero del 2001
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Federico Fernández Christlieb
Europa y el urbanismo neoclásico en la Ciudad de México. Antecedentes y esplendores. México, Plaza y Valdés, 2000. 149pp. (UNAM, Instituto de Geografía, Textos monográficos) Contenido: Presentación. La dimensión histórica y la ciudad actual. El urbanismo y la dimensión geográfica. I. Antecedentes (Clasicismo y nuevo clasicismo. La perspectiva. La excepcionalidad de Alberti. Características del urbanismo clásico. El imaginario ideal a fines del medioevo. Intervención renacentista sobre planta medieval. Las ciudades ideales. Utopía y Humanismo en la Ciudad de México. El barroco como forma de clasicismo. Absolutismo y Racionalismo como expresiones del clásico. España borbónica; nueva política y nuevo ideal urbano). II. Esplendores (Las características del urbanismo neoclásico en México. Los primeros trazos neoclásicos. La ciudad centralizada -1770-1852. La ciudad bipolar -1852-1877. La ciudad en expansión -1877-1911. Historicidad e identidad neoclásica). Conclusiones: continuidad y rupturas del neoclásico. Bibliografía. |
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